Cuando la tormenta arrecie
29/01
En la antigua navegación romana existía un último recurso conocido como Sacra Ancora (el ancla sagrada). Solo se utilizaba cuando ya no quedaban alternativas, cuando la muerte parecía cercana y la noche lo cubría todo. Un relato impactante de esto aparece en Hechos 27:29 La nave en la que viajaba Pablo era sacudida violentamente en el mar Adriático. En medio del desastre, los marineros lanzaron cuatro anclas y aguardaron la llegada del amanecer. Desde la ingeniería naval de aquella época, y también desde la teología, emerge un principio poderoso: el ancla solo cumple su propósito cuando está fuera del barco. Muchas veces creemos que la de depende de lo que ocurre dentro de nosotros: nuestra constancia, nuestros sentimientos o nuestra fortaleza interior. Sin embargo, Hebreos 6:19 nos recuerda que nuestra esperanza es un ancla que atraviesa el velo y se afirma en una realidad firme y eterna, completamente ajena a nuestras fluctuaciones. El ancla no hace desaparecer las tormentas. Cuando la cadena se estira y parece resistir con fuerza, no es señal de fracaso, sino que está impidiendo que el barco sea arrastrado. La estabilidad de tu alma no está en cuan fuerte sujetas la cadena, sino en la profundidad con la que el ancla esta afirmada en la roca. El barco puede sacudirse, tu puedes sentir miedo, pero si el ancla está puesta en Cristo, tu destino permanece seguro. Recuerda que cuando la tormenta arrecie, Jesús es nuestra ancla y puerto seguro.
